viernes, 24 de julio de 2020

Gina Milena Rodríguez Sarmiento




Nació en Bogotá el 25 de diciembre de 1978.
Bibliotecóloga egresada de la javeriana, fue coordinadora de servicios de la Universidad El Bosque y de la Fundación Universitaria en ciencias de la salud, actualmente trabaja en el Ministerio de Educación en la Oficina de Innovación Educativa. Su interés para la literatura ha estado presente toda su vida, curso la Maestría en Literatura, realizó varios talleres de escritura y creación poética en la Casa de Poesía Silva al lado de los poetas Juan Manuel Roca y Alberto Rodríguez Tosca.
Actualmente tiene una librería en línea desde Instagram @librerio donde publica frases, datos y efemérides literarias, desde allí realiza actividades sobre literatura epistolar.


POEMARIO


Caribe

He visto vestir al Guatapurí de ónix
Las piedras animadas se balancean
Como golondrinas en el alba.

El rio suena llevándose al ritmo de acordeones 
Los ecos de los fatigados fuelles
La brisa versea con la omnipresencia de un río crecido
Los secretos a voces de los indios.
Sigue valiendo la pena que se escondan
Bajo los palmares reverdecidos de la sierra
Para que el mohán y la madre selva 
Sean los únicos que escuchen sus murmullos.

Porque nosotros desde la otra orilla
Hemos mancipado el pacto entretejido
entre el río y el indio

Sincronías

Así fue que la vio, en un garabato alineado a la derecha cuando escribía en los renglones invisibles del papel, la tinta dejó su sello en la mesa y unos ojos furtivos miran sin ser delatores. Escucha suspirar al reloj de cuerda que no ha de quebrarse. Disimula pararse de la mesa, pero derrama el café justo en la cornisa ciega. Sonríe, seca despacio con el silencio, entonces empapa su alma y vuelve a callar.

Ochenta y ocho vueltas a la manzana recorren sus manos con la certeza de poner la verdad a su antojo. Vuelve a su mundo infinito y reticular, procurando divorciarse del ruido transparente de la noche, de la jaula que encierra sus anhelos. La ve llegar, sopla el humo del chocolate hirviendo, el dulce empaña la ventana. Un reflejo aparece, así que ella no lo duda le devuelve su mirada intuitiva a su entrecejo. Por instante, solo por ese instante late la realidad creadora.


Calígrafo
He querido conocer a un calígrafo árabe en Bogotá
Sí, al menos uno
Que escriba en suaves fibras la mudez de las palabras
Palabras, que esperanzadas galopen en los libros
Para que se manifiesten como esfinges cimentadas
en lo recóndito de la memoria.
Pero apenas condigo unos Grafos burlones
que boicotean las pupilas taciturnas de quienes
se dicen lectores.



Vericuetos

La taza de café ha quedado congelada en el tiempo, 
Ni la antorcha reticular puede encenderla
Estoy a tan solo un segundo de reminiscencias cautivas
Que se desmoronan sobre la hiel

Respiro mi quebranto,
Pues lo único que no falla es la ausencia
Me encandila su absurdo
Y la muy sarcástica se sienta a mi lado 
Me dice: ¿qué tal?
Con su sonrisa inquebrantable y franca

No me rehúso a su saludo
En cambio, deshielo la taza de café
La pongo en mis labios,
lo saboreo lento,  
la seduzco, 
Pues yo también se fingir.


Resaca

Visos en lapislázuli, 
no dejan abrir mis párpados para observar la oquedad de mi alma, 
y mi cabeza, mi cabeza gira acomodándose a las manecillas del reloj.

A lejos replica incontrolable la caída de un alfiler. 
me reclino, pierdo la estabilidad 
no encuentro el punto de equilibro entre mi cuerpo y la cama.

Mi mente no responde, 
vuelvo a mirar en la pared 
y en ella la pintura de Munch
se escurre mi alma cóncava

Se abre la puerta 
el viento entumece mi cuerpo 
inerte ante la vida, 
pero viva ante la muerte.

Pienso en las escenas de la noche anterior 
La botella 
las flores negras, 
las copas debajo de la cama 
me reclino y suspiro…. 
QUE PUTA RESACA ……!!!!!!!

Narciso

El escritor es un médium
Basta con verlo voltear
Sus fragmentados ojos
Diluidos en su delirio onírico

¡Pero carreta! 
Saca sus versos del agotamiento
Cavila y halla por fin, 
La tinta indeleble
Con la que dejará huella 
Sobre su narcisismo

Noches de luna clara

Otra noche en la biblioteca
camino por los pasillos desolados
entre la lectura y el sueño, 
Entre el vicio de los libros
Y el grito de sus hojas 

Páginas mohosas 
Finos estampados 
Y recuerdos alborotados 

A lo lejos la luna, 
compañera de esta interminable noche
noches de hambrunas,
con el puño agolpado
Estrujo el lápiz y tejo letras
Escribo tu nombre
Recuerdo al poeta

Es mejor no entrar a la jaula de los recuerdos
Ellos muerden…


Pacto

Una historia 
                  puede ser la misma historia
contada de mil maneras

En la tierra te reconocí
Y recordé que en la legión de almas
                  Contigo pacté
No busco en tu camino mi camino
Porque al final del día
Te prometo allí estaré

Al alba

Buscó en el parpadeo del tiempo,
el lugar exacto donde la brisa ancló en su copa.
Llevaba el viento, la última gota peregrina
del mar Caribe.



Sublime las horas llegan
A cumplir su cita con la noche
Eterna mi alma fluye
al unísono de las notas de tu guitarra
Y en los recovecos de calles recorridas
Dejé una huella en tu alma
    
Ahora en mi silencio
Mi boca gritará tu amanecer
Me hallarás trémula danzante,
Danzante me hallarás en escarlatas

Convénceme de mi realidad
Que yo susurraré tu nombre
Osada y satírica
Soberana, mujer de fuego

Empezamos con la palabra
Pero terminamos en silencio
La palabra justa en el justo lugar
Donde no hay tiempo ni distancia
Tan solo la sincronía profunda de tu alma,
Prófugos de la realidad.

Flota en azul celeste, el halo infinito de mí ser
Lejos, espirales que cruzan el umbral
Sus alas expanden ramilletes de luces
Anunciando tu llegada, o quizás, la mía.

Terminamos en sonidos.


miércoles, 8 de julio de 2020

Addy Martinez de Llano




Narraciones Indígenas de la Sierra. abril 2016

Este libro recoge trece narraciones del pueblo Arhuaco en su idioma original y en castellano, que abarcan desde la creación del mundo hasta el contacto de su mundo con el del hombre blanco. Conserva unos indelebles sellos de oralidad y de espíritu de unidad con la naturaleza. Cada fábula, mito o leyenda nos recuerda que un amplio repertorio de mundos se abre cada vez que exploramos las manifestaciones culturales de las comunidades indígenas de nuestro país.
Con esta obra literaria se busca exaltar la cultura y la lengua ika, así como las tradiciones y creencias de los hermanos mayores de la Sierra Nevada de Santa Marta.


Jefe de Programa Especiales en Cajamag (Caja de Compensación Familiar del Magdalena)


La publicación habla sobre la mitología de los indígenas, se explica desde la creación del mundo hasta las razones de por qué el zorrillo tiene la cola blanca.  "Narraciones Indígenas de la Sierra", un libro de historias de tradición oral compilado por Addy Martínez de Llanos, Jefe de Programas Especiales de la Biblioteca Cajamag de Colombia.

 Son trece cuentos fascinantes y un epílogo que manifiesta la importancia del respeto y cuidado que debemos a nuestro entorno, una explicación de lo que la madre naturaleza representa para nuestros hermanos mayores. Está escrito en Ika (la lengua nativa) y castellano para niños de todas las edades y para adultos que tengan el privilegio de conservar un corazón de niño y que quieran dejarse enamorar de las aventuras del conejo y la tortuga, o se aventuren a saber por qué el zorro tiene la cola blanca.


Este no es simplemente un libro para dormir a los niños, es el merecido reconocimiento a las tradiciones de una cultura cuyas enseñanzas a esta sociedad tan tecnológica como deshumanizada en sus propósitos.





Luis Bernardo Yepez Osorio




Bibliotecólogo y tallerista colombiano. Egresado de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia y además, dos diplomados: en Proyectos y Programas para la Formación de Formadores, y en Fundamentos Teóricos de Sistemas de Formación Empresarial. 

Tiene una especialización en Gestión Pública de la Escuela Superior de Administración Pública, Universidad del Estado (ESAP) y un Magister en Biblioteca Pública de la Universidad de España, además es candidato a doctor de la Universidad Carlos III de Madrid.

Es fundador de la Biblioteca ASO20 Nuevos Caminos del barrio 20 de Julio de Medellín. 
Ha estado vinculado con la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, la Red de Bibliotecas del Municipio de Medellín y la Fundación Ratón de Biblioteca. 

Actualmente se desempeña como Coordinador de Fomento de la Lectura en el Departamento de Cultura y Bibliotecas de COMFENALCO Antioquia


Ha prestado sus servicios en diferentes bibliotecas de Medellín, se ha desempañado como formador de educadores en el campo de la promoción de la lectura y además de haber sido ponente en gran cantidad de eventos internacionales, se desempeñó como profesor de ‘Biblioteca y Lectura’ –asignatura creada por él- en la Universidad de Antioquia, donde cofundó el programa radial ‘Revista Bibliotecaria’.

En su labor como jefe del departamento de Bibliotecas Comfenalco, busca que los servicios que prestan las bibliotecas y los promotores de lectura, estén enfocados en cubrir las necesidades y expectativas de toda la comunidad, siendo rigurosos con material por ofrecer, “que sea información que se pueda tatuar en el alma y cerebro”.

Finalista en el Concurso Nacional de Cuento Infantil Comfamiliar del Atlántico con el relato “Bolas en el cielo”, y en el concurso internacional de cuento corto Álvaro Cepeda Samudio 2006 con el cuento “Plagio”. En el 2003 obtuvo el primer puesto en el concurso Nacional de Comfamiliar con el relato “El señor del paraguas”. 

Fue premio Luis Florén Lozano de ASEIBI, (Asociación de Egresados de la Escuela Interamericana de Bibliotecología)  en su versión 21.



Obras publicadas:



Yepes Osorio,  Luis Bernardo. No soy un gángster, soy un promotor de lectura y otros textos. 
 Medellín, Colombia : Comfenaldo Antioquia, 

Yepes Osorio,  Luis Bernardo. . Consideraciones políticas en torno a la biblioteca pública y la lectura 
Medellín, Colombia : Comfenaldo Antioquia, 2007

Yepes Osorio,  Luis Bernardo. Elaboración de proyectos institucionales de promoción de lectura.

Yepes Osorio,  Luis Bernardo.  EL HOMBRE DEL PARAGUAS

Yepes Osorio,  Luis Bernardo.  EL VIEJO MALABARISTA

Yepes Osorio,  Luis Bernardo. . La promocion de la lectura
Géneros: Divulgación
Yepes Osorio,  Luis Bernardo. . La promoción de la lectura: conceptos, materiales y autores
Géneros: Divulgación , Divulgación





Fuente:

https://reddebibliotecas.org.co/diario/luis-bernardo-yepes-y-sus-muchos-amores

martes, 7 de julio de 2020

Mauricio Zapata García





Nace el 23 de Abril  de 1996 en SantaFé de Bogotá

PERFIL PROFESIONAL


Conocimientos y habilidades en promoción de cultura, lo que se ve reflejado en la participación y proposición de estrategias y herramientas que permitan aprovechar la cultura de una institución para compartirla con sus usuarios y funcionarios.

Desempeño eficiente en la organización documental en su proceso operativo: Ordenación cronológica de la documentación de acuerdo a la normatividad vigente.
Conocimientos en informática que contribuyen a un desempeño eficaz de mis funciones.


ESTUDIOS FORMALES

LICEO EL CASTILLO, Bogotá, Colombia
Bachiller Académico, 2012

UNIVERSIDAD DE LA SALLE, Bogotá, Colombia
Profesional en Sistemas de información, Bibliotecología y Archivística, 2018

UNIVERSIDADE DA CORUÑA (España)
Máster Universitario en Literatura, Cultura y Diversidad,
2019

SEMINARIOS, CONGRESOS, CONFERENCIAS:


Seminario internacional de Bibliotecología:
Didáctica e internacionalización de la disciplina en Latinoamérica. Abril de 2014 Universidad de La Salle, Bogotá Colombia.

Taller “El cubo de Kubrick: 6 formas de armar un relato”.
Mayo de 2014 Academia de Escritores. Bogotá Colombia.

II Seminario internacional de Bibliotecología: las bibliotecas frente al Desarrollo Sostenible. Mayo de 2015 Universidad de La Salle. Bogotá Colombia.

EXPERIENCIA LABORAL 

FUNDACION CASA DE LA MADRE Y EL NIÑO. Bogotá Colombia.
Periodo de Vacaciones Noviembre-2013 Enero- 2014
Auxiliar de Archivo


BIBLIOTECA UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA. Bogotá Colombia.
Periodo por reemplazo (octubre 2015 – diciembre 2015)
Auxiliar de biblioteca – servicio al público y manejo de la colección 


BIBLIOTECA LICEO HERMANO MIGUEL LA SALLE. Bogotá Colombia. 2017-2018
Auxiliar de biblioteca – servicio al público y manejo de la colección 

RECONOCIMIENTOS

NOVENO CONCURSO NACIONAL DE CUENTO RCN - MINISTERIO DE EDUCACIÓN NACIONAL, Bogotá Colombia.
Ganador Edición 2015

XXIX CONCURSO NACIONAL UNIVERSITARIO DE CUENTO CORTO Y POESÍA – UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA. Bogotá Colombia.
Segundo premio Edición 2016

CONCURSO NACIONAL DE CUENTO (EDICIÓN GANADOR DE GANADORES)
RCN – MINISTERIO DE EDUCACIÓN NACIONAL
Ganador Edición 2016

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Licencia de trabajo para morirse y otros relatos



Mauricio Zapata García (León Grushenko)


 2016

1.   Santo y seña Por: León Grushenko

La puerta está al final de un corredor revestido con cuadros de caras lánguidas, son hombres de mirada perdida y mujeres pesarosas con niños en los brazos. Ella avanza hasta la puerta con pasos mudos y golpea tres veces. No parece haber nadie adentro. La mujer vuelve a llamar, pero esta vez tamborileando con las uñas sobre la madera. Al cabo de unos segundos suena la cerradura, alguien pareció reconocer el segundo llamado. La puerta se abre lo suficiente para que una persona pueda entrar de costado y se escuche a una voz ajada decir: «Siga».
Adentro solo es visible otro cuadro iluminado por unas velas macilentas.

–¿Por qué no tocó con las uñas la primera vez? –dice el hombre que abrió la puerta–. En eso habíamos quedado, ¿se acuerda? Creí que era alguien más.
–Esta vez no vengo a quedarme –responde ella–. Solo quería decirle que ya no puedo seguir. ¿No se ha puesto a pensar en lo mal que está todo esto?
El hombre le pasa una mano por la mejilla y le habla con más ternura:

–No diga bobadas. ¿Es por lo que acabo de decirle? No lo tome así, es solo que me preocupa que la vean entrando acá. Venga, mejor sentémonos.
–No me ha respondido. ¿No le parece que esto está mal?

–¿Eso es lo que usted piensa? –pregunta él y la toma por la cintura–. Si es algo malo, ¿por qué lo ha estado haciendo? Ahora, si cree que el inmoral soy yo, dígamelo –ella niega con la cabeza–. Ah, ¿se da cuenta? Olvídese de eso.
El hombre empieza a besarla en la mejilla y le quita el velo de la cabeza. El ritual de besos continúa sobre el cuello desnudo, mientras ella se ríe por las cosquillas. La mujer le retira el alzacuello y él le suelta el broche del hábito. Ambos se aseguran de apagar todas las velas para que la mirada inquisitiva del santo del cuadro quede perdida en las tinieblas.

2.   Por carretera Por: León Grushenko

–¡Qué pasa, maldita sea! ¿No podemos ir más rápido? –le dije.

A veces siento vergüenza por la forma como traté a Rubén esa noche, aun cuando él fue el único de los vecinos que no estaba borracho por las fiestas y se ofreció a llevarnos en su camioneta. Malena iba en mis brazos, estaba pálida y más fría que el viento que entraba por la ventana. Yo le frotaba las mejillas y los brazos, y le hablaba al oído para no dejar que se fuera en un suspiro.
-No te vayas a dormir, bonita. Mira que en un rato llegamos.

Ella me miraba sin quejarse y me cogía la cara con sus manos de niña. «Presione la herida o la sangre se sale», me dijo Rubén mientras conducía. Entonces tuve que rasgar un pedazo del vestido de Malena para apretar fuerte donde su abdomen lloraba. Rubén pareció no creerme cuando le dije que nadie en la casa estaba con Malena cuando recibió el disparo, que estaba jugando sola en el patio.
–Malena, mírame; no te duermas –le dije, a lo que ella asentía con la cabeza–.
¿Te acuerdas del juego de los carros que hacemos en los viajes? Gana quien pueda contar más carros de un color. Vamos, tú coge los grises y yo los azules.
Me sentí estúpido al ver que no pasaba ningún carro. Cuando volví la cara hacia Malena, vi que el peso de los párpados le había ganado; pero antes de que pudiera reanimarla, algo estalló en el motor de la camioneta y nos detuvimos entre una nube de humo. Rubén maldijo y salió para ver si algún carro pasaba y nos recogía. No pasó ninguno. Entonces bajé de la camioneta con la niña en los brazos y empecé a caminar hacia donde debíamos haber seguido. Rubén trató de disuadirme diciendo que esperara otro rato, que el hospital todavía estaba muy lejos como para caminar. Yo le agradecí con apuro su amabilidad y seguí.
–¿Qué vamos a contar ahora? –me preguntó Malena con voz débil.

–Pasos –le respondí.

3.   Licencia de trabajo para morirse Por: León Grushenko.

El bolígrafo acechaba la hoja como un paracaidista principiante antes de lanzarse al vacío. Ya había diligenciado casi todos los campos del formulario para candidatos al puesto de contador, pero uno aún permanecía en blanco. Al comienzo, Jorge creyó haberse confundido por leer deprisa, sin embargo después lo confirmó: debajo de la fecha de nacimiento había un campo llamado «fecha de fallecimiento» con tres cuadros pequeños para escribir.
Al lado de él, otro hombre sentado llenaba el mismo formulario. Jorge estuvo atento a sus gestos para ver si el desconcierto por la pregunta era compartido; sin embargo, el hombre llenó sin sombra de dudas todos los campos del formulario, se puso de pie y fue a dejarlo con la mujer que los vigilaba detrás de un escritorio. Cuando el hombre salió de la habitación, Jorge aprovechó para acercarse a la mujer del escritorio y preguntarle qué se escribía en «fecha de fallecimiento».
–¿Cómo voy a decírselo? Usted es el único que decide cuándo morirse. Solo queremos saber cuánto tiempo piensa trabajar con nosotros –le dijo ella.
Sobre el escritorio, Jorge vio la otra hoja y alcanzó a leer la fecha que puso su contrincante para morir: 21/SEPT./2034. La mujer lo encontró husmeando y tomó la hoja para guardarla en una carpeta. Luego, con una mirada le indicó que debía regresar a terminar de llenar su formulario. Jorge volvió a su asiento para escoger el día de su muerte, el hecho de que le preguntaran eso le parecía absurdo, así que puso la primera fecha que se le ocurrió: 22/SEPT./2034. Cuando le entregó la hoja a la mujer, esta esbozó una sonrisa.
–Nos gusta que un empleado siempre esté dispuesto a dar más que los otros. Lo llamaremos para la firma del contrato –dijo la mujer, y luego agregó–, cuídese.
Cuando Jorge salió del edificio estuvo a punto de ser atropellado por una moto y por primera vez sintió el compromiso imperante de no morirse antes de tiempo.

4.   El último Por: León Grushenko

Llegó el día en que tuvo que hacerlo solo y el recorrido se le hizo más largo de lo que recordaba. Ya para ese momento la extensión de la pradera era incalculable y los intentos por medirla se hacían viendo la salida del sol por un extremo del horizonte y la retirada por el otro. Nunca había tenido que vérselas solo un cadáver. Cuando la pradera era más pequeña, los cuerpos eran cargados y enterrados con la ayuda de varios; con el tiempo eran menos los que ayudaban y más los hoyos que se necesitaban.
Antes de cubrirlo por completo con la tierra, el Hombre vio dentro de la fosa la cara del muerto, pálida pero aún familiar. Siempre creyó que sería su amigo quien habría de enterrarlo a él, y quien, además, tendría que lidiar con el hecho de quedarse abandonado allí para siempre. La tierra caía directamente en el cuerpo, sin paredes de madera que protegieran, absurdamente, la muestra más definitiva de lo inmune. Le resultaban infames los atavíos de la muerte. Cuando terminó de echar la tierra, construyó encima una cama de piedras. Ninguna tumba tenía placa o cruz, todas eran unas moles pedregosas consumidas por la hierba.
El trabajo estuvo terminado al cabo de un rato. El Hombre lanzó una mirada a la pradera y pensó que también la muerte había cumplido con su parte. Tardó un rato para reconocer su error; entonces se sintió la carne todavía caliente, la sangre haciéndole palpitar las sienes: se supo vivo. Aún faltaba una última visita de la muerte. Tomando otra vez la pala, el Hombre comenzó a cavar otro hoyo junto al sepulcro recién terminado. Lo hizo con calma pero sin descanso, de modo que para cuando hubo terminado, el sol ya se ponía. Desde adentro de la nueva fosa, el Hombre arrojó hacia afuera la pala y esta hizo ruido al caer del otro lado. Se acostó en el suelo y vio arriba de sí un hoyo que daba al cielo descubierto, una ventana por la que cruzaban los últimos pájaros del mundo. El sol se terminó de poner y el Hombre cerró los ojos, esperando con toda el alma a que, por piedad,  la tierra le cayera encima sola.

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Fricción 

Por: Mauricio Zapata García


“¡Ramiro!”, gritó antes de que yo saliera de allí para siempre. Tuve que dejarla e irme porque no lo soportaba un segundo más. Me había hartado completamente de los hospitales y de sus diagnósticos de ambigua esperanza, porque lo mío no aguardaba esperanzas, mi caso era hierba mala a la que se extirpa de la tierra sin miramientos. La partida fue rápida e indolora, como debería ser cualquier inyección; la aguja entro por mi piel ante la mirada compasiva del doctor y el gesto desentendido de la enfermera, pude sentir una corriente fría abrirse paso por mis venas y adormecer todo lo que encontraba a su paso: primero los dedos de manos y pies, y luego las extremidades. El líquido fue colmando cada rincón de mi cuerpo hasta dejar a mi razón como blanco último. Cuando mis pensamientos se vieron finalmente nublados, mis párpados sucumbieron y pude descansar.
En mi último momento de lucidez me pareció estar viéndome veinte años atrás en la misma situación, con la diferencia de que aquella vez era yo quien veía a papá despedirse desde una cama de hospital. A él la enfermedad lo consumió con más piedad, lo diagnosticaron cuando yo aún era niño, pero hizo un acuerdo con mamá en el que no me contarían hasta que estuviera en edad de asimilarlo. El pacto se vino abajo meses después, no porque uno de los dos hubiera faltado a su palabra, sino porque la ausencia de papá en la casa causada por sus tratamientos lo estaba delatando. Yo sabía que papá llegaba de trabajar cuando oía la fricción pedregosa de los neumáticos de su carro contra la grava de la entrada; de inmediato bajaba las escaleras corriendo y salía a recibirlo. Una vez que empezó los tratamientos se redujeron los recibimientos en la entrada. Treinta y cinco años más tarde  me diagnosticaron a mí.
No sé si la muerte sea igual para todos, como tampoco sé si a todas las personas les espera el mismo destino después de esta. No me refiero al Paraíso o al Infierno, sino a sus presentaciones, porque evidentemente el Cielo no está tapizado con calles de oro. Al salir de la habitación del hospital no encontré túnel alguno, ni siquiera una luz que me guiara hacia otro lugar. Aparecí entonces en un lugar que se había extraviado en los recovecos de


mi memoria. Estaba vacío y cambiado, quizás por el paso del tiempo o simplemente por amagos involuntarios de olvido. Cada rincón de la casa parecía evocar algún recuerdo enmarañado que terminaba diluyéndose en su atmósfera densa y enigmática. Las palabras pronunciadas se desintegraban sílaba por sílaba y reinaba de nuevo el silencio. La casa se había convertido en un infierno con fachada de Edén. Cuando estaba empezando a convencerme de que pasaría la eternidad en esa penitencia irónica, lo escuché. Reconocí ese sonido por encima de todo lo demás en esa extraña casa; fue como el primer chorro helado que sale de la regadera y te deja despierto por el resto del día. Era la fricción de los neumáticos de un carro contra la grava de la entrada. Sonó unos segundos y luego se detuvo, alguien se bajó del carro y caminó hasta la puerta, pude percibir desde el interior su silueta dibujada en el vitral abigarrado de la puerta. El visitante introdujo la llave y abrió la puerta. En ese instante supe bien adónde había llegado.


Bogotá, julio de 2015.

Con algunos escritores amigos

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